miércoles, 29 de abril de 2009

Salud

Hay lectores de periódicos que compran determinado diario para leer a determinado columnista. Cierto es que lo único interesante de un periódico no suele ser sólo el articulista en cuestión, sobre todo desde que los diarios se venden a peso, con una, a veces, sobreabundancia de informaciones, entrevistas y reportajes imposibles de leer con tantas prisas y tan poco tiempo libre. Los articulistas brillantes logran que abras el periódico por su página, con perdón de ese aluvión de lectores que comienzan a pasar páginas desde la contraportada. Para gustos están los colores, pero en una relación de columnistas que se precie no pueden faltar Quim Monzó, Maruja Torres, John Carlin, Carlos Toro, Enric González o Juan Carlos Escudier, por citar varios habituales de la prensa. Javier Ortiz era de aquellos que te obligan a abrir un periódico por su página. Un tipo contracorriente, capaz de llevarse la contraria a sí mismo. Daba en el clavo y ponía negro sobre blanco lo que tú pensabas y no sabías cómo expresar. Irónico, fino, puntilloso, sus columnas eran sencillas, muy bien estructuradas, con un lenguaje ágil y una capacidad como pocos para hilar frases con sentido. Era de los que opinaba con argumentos, no de oídas, como acostumbran algunos tertulianos y políticos que pontifican sin ni siquiera leer una línea del asunto al que se refieren. Con el humor negro del que hacía gala Ortiz en conversaciones y escritos, diremos aquello de "salud, camarada". Ha sido un placer.

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