jueves, 5 de abril de 2012

Ibardin

Durante años conservé como si fuera un tesoro un botellín blanco que Pello Ruiz Cabestany tiró a la cuneta durante una carrera en el Orbea de aficionados. Creo que fue en una etapa de la Vuelta a Navarra (podría ser también la Vuelta al Bidasoa) que acababa en Lesaka y en la que el bueno de Pello iba escapado con un ciclista ruso. El caso es que aquel botellín, medio machacado por el atropello que sufrió después por un coche, era para mí una joya, no tanto por su valor sino porque era de Cabestany. El ciclismo era entonces, y sigue siendo ahora, pese al descrédito que sufre en eso que se llama la opinión pública, un espectáculo fabuloso que alcanzaba su punto cumbre con la llegada de la Vuelta al País Vasco a Ibardin, y la salida al día siguiente desde Bera. Frente al divismo de otros deportes, en el ciclismo todavía hoy el aficionado de a pie puede conversar con un corredor o, simplemente, como hacíamos hace 25 años, pedir un autógrafo a un interlocutor que no se esconde detrás de unos auriculares (y no miro a nadie). Los pomposamente llamados village départ (el punto de salida de toda la vida) han enfriado ese contacto directo con los corredores, pero el ciclismo y toda la parafernalia que le rodea tiene un gancho que sigue atrapando. A nosotros nos bastaba una libreta y un boli para pedir las firmas a todo quisque, ya fuera Contini o el más desconocido de los ciclistas belgas. Cuando se daba la salida y el pelotón enfilaba camino de Irun o de Pamplona, nos quedaba esa sensación de tristeza que te embarga cuando eres joven, has ligado y se acaban las fiestas de tu pueblo. Pero disfrutábamos como niños que éramos.

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