lunes, 15 de julio de 2013

Encierros

nunca he corrido un encierro. ¿Usted tampoco? Vale, pero usted no tiene sangre navarra que le corre por las venas ni una tropa de parientes, vía paterna, con ADN de la Ribera. "Tranquilo, no eres el único", me dice el tío Marcelino, "somos más bien una familia un poco cagueta". Unos toretes cuando sueltan las vacas de Macua en fiestas, pero poco dados a ponernos delante de las astas de los Torrestrella. El primo Alfredo probó alguna vez en la plaza del Ayuntamiento, pero el resto -ellas incluidas- somos más de ver los toros desde la barrera, las gradas o la televisión. Servidor, lo más cerca que ha visto unos pitones fue hace ya unos cuantos años saliendo de un bar de una de las bocacalles de la Estafeta. Había amanecido y por allí pasaron al trote morlacos y cabestros que, huelga decir, son mansos pero impresionan más. Los encierros, como cualquier otro deporte de alto riesgo, son para verlos desde el sofá. Y, desgraciadamente, en los últimos años el espectáculo no es nada edificante. Se está perdiendo el respeto al encierro. La masificación era y es un problema, sí, pero lo es más la cantidad de patas que entorpecen la carrera y ponen en peligro su vida y la de los demás. Cada año aumenta el número de corredores que desconocen el abc del encierro: respeto al animal, respeto a las normas (que las hay) e incluso respeto a la tradición (vestirse de pamplonica y, ya puestos, con un periódico en la mano). Nunca como este año se ha visto a tantos corredores con una cámara en la mano o en la cabeza. No es precisamente correr con cabeza.

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