viernes, 18 de noviembre de 2016

Besarkada

ocurrió hace ya unas semanas. Era domingo. Uno de esos días de otoño en los que te das el gustazo de tumbarte al sol. Sonó el móvil a la hora de la siesta y, al otro lado de la línea, una voz nerviosa nos contó que en el bloque de pisos de al lado una chica se había lanzado al vacío. “Es horroroso, es horroroso”, repetía. Pocos minutos después, estábamos junto a ella para tranquilizarle. Nos asomamos dos segundos, no más, a la ventana, un instante dramáticamente suficiente para comprobar que esa chica, a la que conocimos días después al ver publicada su esquela, yacía bajo una sábana blanca. Varios efectivos de la Ertzaintza y de la DYA esperaban la llegada del juez para el levantamiento del cadáver. A pocos metros, otro policía requería los móviles a varios jóvenes (algunos de la misma edad que la fallecida) para borrar las imágenes que acababan de tomar. Morbo se llama. Cuando presencias una tragedia de este tipo, se te agolpan mil preguntas que sintentizas en una: ¿Por qué? Las mismas preguntas supongo que se hacen continuamente los familiares que sufren una pérdida tan desgarradora. En Navarra acaba de nacer Besarkada, una asociación que busca acompañar a personas que han perdido a un allegado por un suicidio. Todo apoyo será poco.

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