sábado, 7 de enero de 2017

Discursos

los discursos de Nochebuena y Nochevieja de Juan Carlos I, Felipe VI, Urkullu, Patxi López e Ibarretxe me han pillado siempre de poteo. Nunca los he seguido en directo por la televisión. No son horas. O estoy en lo que comúnmente llamamos el cóctel pre zampada de Nochebuena (una copa de cava con azúcar en los bordes y una guinda nadando en su interior), o estoy echando unos crianzas en bares hasta los topes antes de que suenen las doce campanadas. A ambos discursos les presto la atención que la profesión obliga, pero en versión Cospedal, o sea, en diferido y resumidos en la prensa escrita uno o dos días después. En realidad, una y otra comparecencia no pasan de ser una tradición navideña más y dan para lo que dan: para tener un par de titulares en los periódicos de los días 26 de diciembre y 2 de enero, y para que los portavoces de los partidos den palos o zanahorias según les convenga. El discurso (mensaje lo llaman) de Felipe VI, El Preparado, de este año era propicio para unos cuantos palos. No ya por lo que dijo sino por lo que ni siquiera citó en sus 13 minutos de comparecencia. No dijo ni papa de la violencia machista, los refugiados, la corrupción o la guerra de Siria. Tocaba Catalunya (sin mencionarla) y un carro de palabras huecas.

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